Nacido entre horizontes malvas

y afilados tan contemporáneos, pienso yo,

reclinado sobre ésta lágrima de papel aún no escrita,

quieto de mí, lazado al mástil del vivir que sueñas,

en la absurda levedad sostenida por el mundo.

Mundo sin alas de céfiro, tensado, no de piedra. Mas

un espacio que ama la tristeza

aviva voces, lastima el verbo, construye

un tiempo enlevitado antes de rutina. Y sólo tú

o los labios trenzados saben qué se engarza al instante divino.

Luces de perdones y varices nos emigran. Lloramos

y vivimos, y mesamos las horas como si de la última

luz perlada se tratase. Pero hay que fingir, abandonarse,

desoír la caída en vuelo fúnebre de los cormoranes

latentes, salvajes de un sólo cielo, titanes

que un sólo grito, deletéreo, se pensó útil en la distancia

pulcra de dos meridianos extintos ¿Es el ámbito

al vacío un tacto emético desinteresado de sí que late?

Si cambiaran las estrellas el sonido de sus cuerpos

cuando arden, su tan áspera veste en movimiento

esculpiría, en esta esfera de gas y dulce muerte,

nuestra voz con circonita. Algo como tú, luna

joven siempre tímida, de esperanza más que lenta,

célica y mortal; vivaz escarcha

que se ata palpitante a un tiempo ido,

vuelves arrinconada de luz como bella prófuga,

y descubres en lo callante

las huellas estimulantes de lo no pisado.

 

                                            © 2019 JOSE MARIA BANUS