Tangram "La realidad o El Todo".

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

            El filósofo austriaco, Ludwig Wittgenstein, dijo en el apartado 5.6 de su Tractatus lógico-philosophicus; “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Lo que trato de exponer con este proyecto es una representación estética sobre el fracaso del ser humano en su intento, tanto para comunicarse con el medio y los seres que le rodean, como su incapacidad para llegar a conocer la realidad o el Todo. Y, ¿qué mejor para ello que hacerlo con el juego del Tangram?

 

          Este juego de mesa se inventó hace ya muchos años en China con el nombre de Chi Chiao Pan, siendo a principios del siglo diecinueve cuando apareció en Europa gracias a un norteamericano aficionado a los rompecabezas, dándole el nuevo nombre de Tangram, que significa escrito chino. Se compone de cinco triángulos, un cuadrado y un paralelogramo, normalmente hechos en madera. El objetivo del juego es, utilizando todas las piezas y juntándolas sobre una superficie lisa, hacer diferentes figuras.

 

        Pues bien, el Tangram es una bonita metáfora sobre los límites del ser humano que menciono en el primer párrafo y a continuación desarrollo en este proyecto; ya que con tan sólo siete piezas o Tans tendremos que darle forma e interpretación a nuestros sentimientos y a la misma realidad en la que vivimos. No cabe duda, y en ello consiste el juego del Tangram, de que conformaremos muchísimas figuras, pero siempre quedarán condicionadas al número de piezas, al tamaño, los colores y sus formas.

 

          Pero para llegar hasta aquí y comprender mejor este curioso símil, me gustaría hacer un breve viaje de exploración/crítica desde lo exterior, lo que nos rodea, hacia lo interior, hacia nosotros mismos.

 

       Lo cierto es que nos ha tocado vivir en el siglo XXI, orgulloso período de grandes avances e investigaciones, en el que la tecnología, la ciencia y los medios de comunicación juegan un papel fundamental para este desarrollo de ritmo exponencial que nos envuelve. La evolución por el bienestar inmediato crece a pasos de gigantes, muchas veces preguntándonos si somos capaces o no de lograr nuestros objetivos, pero pocas veces si debemos o no hacerlo. Hoy en día, estamos comunicados a tiempo real con el mundo a través del ciberespacio. Cualquier publicación, da igual su procedencia, está al alcance de la mano de todos los usuarios. Pero esta fluidez ingente de datos, esta carta tan amplia de ocio, conlleva un efecto trágico en nuestras vidas, pues se impone, a su vez, como un exceso de información o desinformación que nos satura y sobrepasa, no dejándonos discernir muchas veces entre la información sana; la que realmente necesitamos, de la gratuita.

 

       Y es que nuestro mirar no sólo está condicionado por este bombardeo de desinformación, sino también por nuestra circunstancia; desde donde venimos determina en gran medida hacia donde vamos, y sobre todo por nuestras experiencias vividas. Sin embargo, el empirista David Hume creía en el razonamiento inductivo como algo perjudicial en la condición humana, decía que aprendemos y confiamos demasiado en los hechos pasados. Por ejemplo; sabemos que el sol va a salir hoy porque ayer también lo hizo. Pero que siempre haya acontecido no garantiza que vuelva a suceder. Es decir, llevamos el peso del pasado y de las experiencias sobre nuestras espaldas, condicionando así nuestro mirar al presente.

 

        Me gustaría profundizar aún más sobre los límites del ser humano, en este caso, para poder conocer la realidad en la que vive. Kant llamó Fenómeno al aspecto que ofrecen las cosas ante nuestros sentidos, y Noúmeno a lo que no podemos llegar a conocer, es decir, la cosa en su estado puro e independiente de cualquier interpretación. Esto es así porque los sentidos hacen la función de receptores, pero por desgracia también de filtro, interpretando la realidad según su criterio y capacidad. Si tuviéramos un sexto sentido como los tiburones, que son capaces de detectar el campo electromagnético de un ser vivo a pocos metros de distancia, captaríamos la realidad de una manera un tanto diferente.

 

       Como vemos nos es muy difícil, mejor dicho imposible, conocer la realidad en la que habitamos pero también comunicar nuestros sentimientos y pensamientos tal como uno los concibe en su interior. Pongamos un ejemplo:

 

        El ser humano piensa a través de las palabras. Utiliza las palabras como herramientas, como estructura lógica donde apoyar el pensamiento, y según la idea que tenga en mente configura una frase para poder expresarla. Pero de nuevo aparecen estos límites, pues existen reglas del lenguaje; idiomas, sintaxis, número limitado de palabras que podemos utilizar, etc. Además, las palabras no se sostienen en un piso firme, según Jacques Derrida, pues son el conjunto de acumulaciones de metáforas, figuras retóricas y metonimias  que se han ido creando a lo largo de la historia. Es decir, el edificio donde nos alojamos para poder comunicarnos tiene los cimientos demasiado débiles.

 

        Poco a poco nos vamos dando cuenta de que dicha frustración parece estar justificada. Pero llevemos esta exploración sobre los límites más a fondo. Hagamos una humilde crítica a la lógica. Protágoras, dijo: el hombre es la medida de todas las cosas. Y es que, aunque la mayoría pensemos en la lógica como base de todo conocimiento, es de temer que no sea lo suficientemente sólida como para poder soportar el verdadero peso de la luz. El límite no sólo lo hallamos en el lenguaje (Wittgenstein), o en la escritura (Derrida), o en los sentidos (Kant), sino en el mismo pensamiento. Veamos.

 

      La razón es nuestra virtud, de eso no hay duda, gracias a ella nos diferenciamos del resto de los animales pues somos conscientes de nuestra propia existencia, pero también es nuestra condena. Y digo esto porque el hombre está condenado a mirar la realidad o el Todo a través de la razón. La razón como único ángulo de visión, la razón como insuficiencia retórica. Entonces se nos plantea el siguiente dilema: Si miramos una manzana roja (el Todo) con unas lentes tintadas de color azul (la Razón), la manzana nos parecerá azul aunque sea de cualquier otro color, produciéndose, así, una carencia de objetividad evidente.

 

      Pero ¿por qué se produce esto? Todo lo cuestionable se encuentra formulado por la lógica, y sólo por la lógica se podrán resolver los enigmas planteados por la misma. Es como si formásemos un puzle que hubiéramos creado previamente; todas las piezas encajarán a la perfección. Y es que, aunque diéramos con una teoría científica unificada, Einstein estuvo toda una vida tras ella, sería insuficiente para conocer una mínima parte del Todo. Más bien podríamos decir que este avance supondría un viaje de introspección para comprendernos a nosotros mismos. La ciencia y la lógica, irónicamente hablando y siempre como herramienta para entender la realidad, es un psicoanálisis más que ninguna otra cosa. Aunque nos empeñemos, nunca podremos llegar a conocer el Todo, pues nuestra mirada está viciada por la razón. Únicamente podemos aspirar a sentirlo.

 

      Como ya dije al principio, el juego del Tangram representa muy bien estas limitaciones en el ser humano, pues con tan sólo siete piezas, habremos de darle forma e interpretación a nuestros sentimientos y a la realidad en la que vivimos. Podremos construir muchas figuras, pero siempre quedarán condicionadas al número de piezas del juego, al tamaño, los colores y sus formas.

José María Banús Tangram

Técnica: acrílico sobre lienzo. 70 x 70 cm (2015)

 

 

 

 

ELABORACIÓN DEL PROYECTO

 

 

        El proceso creativo consiste, más que en pintar, en rasgar con una espátula de aluminio la pintura líquida blanca recién vertida sobre el fondo ya seco de acrílico negro. Esta técnica tiene un tiempo limitado, ya que únicamente puedo trabajar durante el transcurso que tarda la pintura blanca en secarse sobre la negra, convirtiéndose en una metáfora del tiempo en nuestras vidas como camino de único sentido e irreversible.

 

          He elegido tan sólo dos colores para desarrollar la obra:

 

El color negro; para representar la realidad, lo desconocido, el misterio, el Todo. Y es el primero que utilizo sobre el lienzo y dejo secar.

 

El color blanco; conformando las piezas del juego como símil de lucidez, de razón, o nuestra manera de mirar el mundo. Este es el segundo color que trabajo de manera muy líquida sobre el acrílico negro ya seco.

 

         El dibujo representado, evidentemente, son las piezas del Tangram en un cuadrado perfecto, pues suele ser esta su forma de reposo. Y sus líneas están dibujadas a pulso y con imperfecciones, queriéndole dotar así a la obra de un cariz visiblemente más humano y al mismo tiempo de incertidumbre.

 

        Por último, les dejo con este célebre verso del poeta surrealista francés, Arthur Rimbaud, con el que no puedo estar más de acuerdo: Je ne suis pas prisonnier de ma raison (Yo no soy prisionero de mi razón). ¿Y ustedes?

 

José María Banús.

 

 

 

                                            © 2019 JOSE MARIA BANUS